Hijos de la amplitud, como
el óceano, el cielo y la gaviota,
nunca nos acostumbramos
a este encierro que nos condena
a la senectud.
Por eso nos encontramos.
Aunque finjamos que fue casual,
que no lo buscábamos.
Nos buscábamos. A escondidas de nosotros mismos.
Esperando.
Pero ahora miramos el mismo cielo,
como durante toda nuestra vida,
sólo que yo ahora sé que existes y que lo miras,
el mismo cielo, las mismas nubes de formas cambiantes
(como nuestros sueños, ora flechas encendidas, ora mansiones de piedra)
y que el mismo sol que me enceguece de tanto querer abrazarlo
arranca frágiles notas luminosas a tus cabellos,
como si tratárase de un arpa de caoba.
Y no sólo eso, ahora tú sabes que yo puedo mirar el cielo
sólo porque tú existes.
Y en este justo instante, miro tus costillas,
marcándose levemente tras tu piel,
como un recuerdo que se agazapa
tras de la mente,
y se me antojan el armazón
de algún gran navío, capaz de sacarme
y llevarme lejos,
por mares ignotos en donde
las cadenas no podrán encontrarme.
Ahora que la espera concluyó,
y que los estrechos muros se desvanecieron,
toca encontrar nuevos horizontes:
En tí no acaba el viaje, sino que comienza.
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