Páginas

lunes, 15 de junio de 2009

Ayer te busqué en el árido paisaje de mi lecho.

Antes retrasé el inevitable momento desocupándome en banalidades ruidosas que me impedieran oír mis propios pensamientos. Pero ese momento, como todos, terminó llegando. El sueño me vencía y debía volver a mi cama, temiendo lo probable: no hallarte allí.

Te busqué cuidadosamente en cada rincón, en cada olor tenue como un susurro.
No estabas ahí, no te encontré. No sé si porque te habías escondido muy bien o porque te habías ido, tú que pasas sobre mí con la levedad del instante.

Sollocé larga y amargamente al darme cuenta de que te habías ido como un etéreo sueño de duermevela.

Y ahora mi cama es un país tan desierto y tan gris sin tí.
Tanto espacio de sobra que no veo los bordes.
Y eso abruma.
Desespera.

Y aún así, duermo encogido, como si tratara de desdoblarme y sacar afuera tu recuerdo para dormir a su lado.

Pero cuanto más me excavo, más vacíos encuentro, con más escollos me tropiezo.
Pues sólo soy un recéptaculo que guarda el fulgor de tu grandeza, entendiendo lo que de ella ni siquiera tú entiendes.

No hay comentarios: