La Muerte me observa risueña
desde el fondo del pergamino en blanco.
¡Qué bello es su rostro, tan deseable su silueta!
Pero como ante una puta exclamo:
¡Demasiado fácil!
Pluma en mano, transfiguro la ventana en espejo,
tejiendo el cristal con mis torturadas rosas.
Con el ánimo encendido,
me jacto de mi ingenio,
he conseguido enterrar a mi destino
bajo telarañas de eternidad.
Todavía estoy riendo
cuando en rigor mortis
se desfigura la mueca triunfal,
las dos máscaras de la Muerte
me observan fijamente,
la una, descarnada y sincera,
la otra, tejida especularmente de infinito.
Ella o yo, ¿quién es el reflejo?
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