I
Hoy, más que nunca, lamento ser carne.
Mirar al cielo y no comprender,
echarte de menos y no entender
por qué de ti tuve que separarme.
Mirar al cielo y no comprender
el misterio de esta existencia oscura
que banalizamos con generosa soltura
mientras lo “importante” decimos atender.
Echarte de menos y no entender,
bella diosa de obsidiana pulida,
por qué, en vez de esencia a ti unida,
materia de todo aislada debo ser.
¿Por qué de ti tuve que separarme?
La vida sólo tiene sentido a tu lado.
Jamás mi alma estuvo tan lejos de lo amado.
Hasta que a ti llegue, nada podrá pararme.
II
¿Por qué el hombre está tan lleno de poesía
y el mundo tan falto de ella?
¿Acaso la ahogamos cuando nos juntamos?
III
En mi recuerdo persiste esa playa:
las estrellas, el ruido de las olas al morir…
Y cada vez más deseo huir y cruzar la raya
que separa el sueño de la realidad, para volver a oir
el susurro del mar, que murmura:
¡A cada instante muero, pero siempre soy el mismo!
hermanándose conmigo en mi (nuestra) amargura.
Pues yo también bailo al borde del abismo,
muriendo a cada instante que no estoy contigo,
pero condenado a seguir siendo el mismo,
no el mismo mar, que fluye y que respira,
sino la misma piedra, que nunca estuvo viva.
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