Sentado en el frío suelo de la mansión,
todo oscuro, puertas rechinando,
la luna iluminando su cara,
susurros como etéreas piedras
le golpean,
los aullidos de los lobos
le mecen en una calma furiosa.
Corta las flores del mal
que crecen en el jardín salvaje,
trágatelas, fúndete con su esencia
y empieza a asimilar
que la caricia tétrica del violín
ya se calló,
que las sábanas están manchadas de sangre
y que hay un cadáver flotando en la bañera,
que tus manos…tus manos,
tus manos huelen a culpa,
tu aliento hiede a muerte.
¡Cobarde, cobarde!
Mientras vas surcando
los cielos en descenso,
como un cometa apagado,
como un pájaro agotado,
miras con horror tus manos,
¡esas manos!
Abismo ardiente.
No hay comentarios:
Publicar un comentario