Que nada tiene solución.
Me lo dice todo:
El extraño brillo del sol reflejándose
en el columpio negro,
los dientes amarillo tabaco
de ese que habla por televisión,
el que seas la única persona
con la que no lloro por no reír.
Que cuanto más te alejas de la debacle,
más fuerte es la pestilencia: campa a sus anchas
en su monopolio mundial, frecuenta altas cumbres sin aire,
y le damos cobijo,
y le alfombramos los barrizales,
y le compramos amarillas flores de plástico.
Y el fuego fingiendo ser una casa,
y las ovejas fornicando con los lobos
perpetúan la rígida catedral (oro y carbón)
donde se asienta el orbe de lo humano
en la que, arrodillados,
concentrados en el ancestral sacramento de la envidia,
nos olvidamos de que no somos el Tiempo mismo,
sino tan sólo sus juguetes de papel que se mueve al viento,
y de que otros, incontables otros, vendrán tras nosotros.
Y no tardarán ni un suspiro en olvidarnos.
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