Hoy la vida parece que llora,
hoy todo ha vuelto atrás,
hoy descubro que,
en el fondo,
nada ha cambiado.
Nada...
Siempre amaré unos ojos,
sean los tuyos, negros profundos,
sean los suyos, azul océano,
o sean los de ésta otra,
verdes praderas.
Verdes praderas donde retozaba
huyendo del laberinto de tormentas
que amenaza con desequilibrarme.
Desequilibrarme y caer,
caer de la torre que construí
con mentiras, caer desde
el autocomplacimiento
y el nihilismo hacia
un futuro...¿mejor?
Mejor...o peor, no hay nada peor
que el estado en que me hallaba, creía
yo, pero créeme cuando te digo que,
oh Dios, oh Dios,
sí que puede ser peor, infinitamente peor.
Ah, amar es caminar descalzo
por un camino regado de rosas...
si te detienes a admirar su armonía
o si echas a correr, abrumado,
hagas lo que hagas, caerás
mortalmente herido en sus espinosas
mentiras cargadas de oscura belleza.
Arráncame el corazón del pecho,
arráncamelo, arráncamelo,
arráncamelo por piedad,
pues cada latido que da me duele
en lo más hondo del alma,
pues cada suspiro que doy
aviva la llama,
porque cada vez que te miro...
me pierdo en la inmensidad,
porque cada vez que te miro...
siento como si ya nada importase,
porque cada vez que te miro...
me gustaría decirte,
¡arráncamelo, despójame de él!
y haz lo que te plazca con este pobre corazón,
pues todos sus latidos, desde el primero al último,
te pertenecen, amor mío.
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