Quiero montarme en un autobus
del que no sepa destino ni nombres,
para dejar atrás la vida de la cual los sé demasiado bien.
Lo lento se volverá raudo.
Volar, caer;
saltar, mecer.
Huiré a esa tierra de la que sé nombres
pero no extensión,
y así no tendré que correr en círculos
para huir de mí en las noches de insomne arrepentimiento.
Y allí podré correr desnudo:
hierba entre los dedos,
eucalipto en las fosas,
sin tener frío en las piernas
ni temor en la sien.
No me cojas de la mano, si me ves,
no allí, no, allí no querré recordarte,
para eso están las lápidas.
Allí te re(-)conoceré una y otra vez
(y otra)
y danzaremos, desde el origen al fin del todo.
Como las fichas que vuelven a la caja
después de representar.
Arcos frotan cuerdas, lunas surcan océanos.
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